Trece relatos enlazados siguen a Lizzie desde la adolescencia en un suburbio canadiense hasta la vida adulta, con el cuerpo como campo de batalla y como medida de todo lo demás.
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Trece relatos enlazados siguen a Lizzie desde la adolescencia en un suburbio canadiense hasta la vida adulta, con el cuerpo como campo de batalla y como medida de todo lo demás. Mona Awad escribe con humor filoso y sin consuelo fácil sobre la distancia que separa adelgazar de gustarse.
Lizzie tiene dieciséis años, una amiga inseparable y una tarde soleada que no sabe cómo gastar. En un McDonald’s de las afueras de Toronto, ella y Mel matan el aburrimiento con helados, listas de chicos y un oráculo casero hecho de trocitos de servilleta donde escriben Sí y No. De ese aburrimiento nace la primera de las trece piezas que componen este libro: escenas separadas por años, cada una capaz de sostenerse sola, que leídas en orden dibujan una biografía completa.
El libro avanza a saltos. Vemos a Lizzie como objeto de la ternura interesada de un músico mediocre que la visita solo cuando está borracho; la vemos frente a un espejo de probador, en una consulta, en un gimnasio, en la mesa de una madre que tiene sus propias ideas sobre lo que significa resultar atractiva. En el centro está la decisión que reorganiza su vida entera: contar. Almendras, kilómetros, gramos, horas. La disciplina funciona —el cuerpo cambia, y cambia mucho— y ahí empieza el verdadero problema del libro, porque la recompensa prometida no llega. La mirada que Lizzie dirige hacia sí misma no adelgazó con ella.
Awad construye cada relato desde un ángulo distinto, y ese es el sentido del título: trece encuadres de una misma persona, ninguno suficiente. Cambia la voz narradora, cambia quién mira y desde dónde; a veces la propia Lizzie, a veces alguien que la reduce a un cuerpo y ni siquiera recuerda su nombre. El efecto acumulado es incómodo a propósito. El lector aprende a reconocer los mecanismos —el elogio que hiere, la amistad que se sostiene sobre la comparación, la delgadez entendida como pasaporte— antes de que la protagonista pueda nombrarlos.
El humor es constante y no suaviza nada: funciona como forma de lucidez, no como alivio. La prosa es coloquial, rápida, atenta a la crueldad de los detalles pequeños, y evita tanto la lección moral como el final reparador. Lo que queda es el retrato de una mujer joven cuya energía, inteligencia y capacidad de deseo llevan años secuestradas por una única pregunta, y la sospecha —planteada sin subrayados— de que esa pregunta nunca fue del todo suya.
Traducción de Alicia Frieyro Gutiérrez, publicada en español por Kailas Editorial.
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