En el Turín de 1975, en vísperas de unas elecciones que anuncian un vuelco político, el asesinato a tiros de un influyente candidato democristiano obliga al subjefe Vittorio D'Aiazzo a mirar más allá de la pista terrorista y adentrarse en…
Descargar
En el Turín de 1975, en vísperas de unas elecciones que anuncian un vuelco político, el asesinato a tiros de un influyente candidato democristiano obliga al subjefe Vittorio D'Aiazzo a mirar más allá de la pista terrorista y adentrarse en la intimidad de una familia acomodada donde el afecto siempre estuvo administrado como un trámite.
Italia atraviesa los llamados años de plomo y Turín se prepara para unas elecciones regionales y municipales que podrían cambiar el color de la ciudad. En ese clima cargado, un miércoles de febrero a las once y cuarenta de la noche, el consejero y asesor regional Gaspare Beltramotti cae abatido por dos disparos por la espalda a pocos metros del portal de su casa. Los vecinos que se asoman tras el estruendo apenas alcanzan a distinguir una figura con gabán largo y sombrero calado que se aleja sin correr, como si nada pudiera alcanzarla.
La primera hipótesis es la evidente: el terrorismo político. Pero pasan los días y nadie reivindica el crimen, y esa ausencia abre otra puerta. El subjefe Vittorio D’Aiazzo, al frente de la Sección de Homicidios, decide no descartar del todo el móvil político, aunque lo relega, y encomienda al comisario Aldo Moreno y al brigada Evaristo Sordi que rastreen el terreno menos vistoso: el dinero, el patrimonio, los afectos, los silencios domésticos.
Lo que la investigación va destapando no es una conspiración, sino un retrato. Una viuda cirujana de prestigio internacional a quien el partido ofrece, cuatro días después del entierro, el escaño vacante del difunto. Una relación sentimental larga y discreta, sostenida durante décadas por una antigua contable de la empresa familiar que se considera la verdadera esposa. Una herencia que la reforma legal inminente habría repartido de otro modo. Dos hijos criados lejos del hogar, repartidos entre abuelos y primos, que responden a las preguntas del comisario con una serenidad tan bien ensayada que despierta más sospechas que una confesión. Y una carta anónima, torpe en la ortografía y venenosa en la intención, que insiste en que la policía está mirando donde no debe.
Narrada en primera persona por Ranieri Velli —antiguo ayudante de D’Aiazzo, hoy escritor y periodista, y cronista de toda la saga—, la novela alterna el pulso de la pesquisa con la observación social: la maledicencia de las amistades de buena familia, las jerarquías de un partido que calcula el rédito de cada apellido, la vida privada de un policía que a los cincuenta y cinco años ha encontrado por fin un amor a su medida en una investigadora aficionada a unos cigarrillos que él detesta. Guido Pagliarino construye una intriga de método paciente donde el crimen es sobre todo el pretexto para preguntarse cuánto puede pudrirse una familia sin que nadie levante la voz, y qué queda de un hombre cuando se examinan, uno por uno, todos los motivos que alguien pudo tener para desearlo muerto.