Un catedrático de Física y Química reúne cien frases célebres de la historia de la ciencia —de Tales de Mileto a Buzz Lightyear— y las somete a un examen curioso más que solemne: quién las dijo, en qué circunstancia, qué hay de cierto y…
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Un catedrático de Física y Química reúne cien frases célebres de la historia de la ciencia —de Tales de Mileto a Buzz Lightyear— y las somete a un examen curioso más que solemne: quién las dijo, en qué circunstancia, qué hay de cierto y qué de leyenda. El resultado es un mosaico de anécdotas, disputas y errores de cálculo que devuelve a los genios su tamaño humano y convierte cada cita en una puerta de entrada a un episodio del conocimiento.
«Pecunia non olet», «¡Eureka!», «Dios no juega a los dados con el Universo», «El ser humano no volará jamás», «Hasta el infinito y más allá». Son frases que casi todo el mundo ha oído alguna vez, y de las que casi nadie sabe gran cosa. Este libro toma cien de ellas y las trata como lo que son: textos que solo cobran sentido dentro de un contexto.
Cada capítulo parte de una cita y la desenreda. Reconstruye la escena, presenta al personaje, contrasta versiones y separa —cuando se puede— el hecho documentado del adorno legendario. Así desfilan la esclava tracia que se burló de Tales caído en el pozo, la ironía insufrible de Sócrates camino de la cicuta, el acertijo numérico con que Pitágoras cifró la edad de Theano, los círculos que Arquímedes pidió no tocar mientras un soldado romano decidía su suerte, el impuesto imperial sobre la orina y la química que explica por qué las monedas sí huelen. También las profecías espectacularmente fallidas sobre los rayos X, el teléfono, el avión y la televisión; los duelos dialécticos en torno a la evolución; los anagramas con que Galileo y Huygens protegían sus hallazgos; y las voces de mujeres científicas relegadas a los márgenes de las enciclopedias.
El autor advierte de entrada que no ha escrito un libro de ciencia, sino de curiosidad: una colcha de retales científicos, surtidos y contrastantes, hecha para aguijonear el interés del lector y empujarlo hacia lecturas más ambiciosas. Reconoce también que su antología es inexacta e incompleta por definición —no están todas las que son— y que poco importa si una frase es auténtica o atribuida, siempre que revele bien al personaje: a veces una cita vale más que mil documentos.
Cada entrada funciona como unidad de lectura autónoma, pero permeable a las demás, de modo que el libro admite recorridos transversales tanto como la lectura seguida. El tono es coloquial, socarrón y cercano, con guiños al lector y digresiones que van del rigor divulgativo al comentario de sobremesa. Bajo la anécdota late una idea persistente: que los científicos, por geniales que fueran, se distrajeron, se equivocaron, se enamoraron y se rieron igual que cualquiera. Saberlos humanos, sugiere el autor, resulta reconfortante.
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